jueves, 31 de marzo de 2011

Ladrones de energía



"Dale media oportunidad a cualquiera y te hará su esclavo, contándote las más espantosas mentiras"


La Costa de los Mosquitos


Paul Theroux


No.



No van por ahí los tiros…



No se trata de un artículo más sobre la crisis energética. Tranquilos que no les voy a invitar a circular a ciento diez ni a gastar menos luz. Este título no va sobre ese tipo de energía, sino que la idea surgió de una conversación con mi hermana pequeña sobre las personas que te hacen sentir bien y las que te colocan una nubecilla con truenos encima de la cabeza, como las de los dibujos animados.



¿Saben esa sensación de repentino malestar que se siente cuando, de repente, hablando en una reunión o con alguien que no es lo que se dice muy afín a nuestra personalidad y forma de interpretar el mundo que nos rodea, el estómago se nos va encogiendo un poco, la sudoración comienza a hacer su aparición y nos invaden ciertos brotes de violencia gastrointestinal contenida que ansía desperezarse a nuestro alrededor en forma de aspersor laríngeo?



Supongo que saben de qué les hablo. Y también imagino que habrán tenido, la mayoría de las veces, que guardar la compostura y el tirón por no herir sensibilidades o arrojar al fuego nuestro siempre valorado saber estar…



Y es que hay por ahí sueltos una manada de ladrones de energía que no cabe en el planeta… Sí, de nuestra energía, de esa misma chispa que hace que nos levantemos al despertarnos por las mañanas con una sonrisa dejando de lado la desgana, que nos roban poco a poco el ímpetu con el que algún día quisimos conquistar el mundo haciéndonos creer que ese mundo conspira contra nosotros… Ay… Qué cerca están y cuántas pieles de borreguitos se echan al lomo…



Los hay de todo tipo.



Desde los que salen periódicamente en los telediarios ensuciándonos el karma a más no poder, pasando por la prensa, la radio, las antenas orientadas hacia galaxias lejanas, el panadero con sus morbosos cotilleos, la vecina que raja de la del quinto, los trabajadores conspirando contra sus jefes, o, sencillamente, el típico amigo o amiga que se descarga llorando en tu hombro su desgraciada vida sentimental durante hora y cuarto y sólo descansa cuando ve que tienes el mismo careto de amargado que él… O ella… Y no me refiero al humano y lógico desahogo de una persona cercana, sino a esos que, de forma sistemática, asaltan nuestro interior sin miramiento ni interés alguno por nuestro estado, como si fuésemos un saco inanimado en el que descargar sus ansias.



En efecto...



Hay miles de personas a nuestro alrededor que se levantan cada día con la intención de buscar una víctima a la que quitarle esa sonrisa de la boca porque ellos son incapaces de mostrarla, de ensombrecer la luminosa mirada que podamos tener porque ellos jamás se han parado a contemplar la belleza de un amanecer, en resumen, de intentar arrastrarnos a su estado porque no soportan que una persona sienta esa felicidad que a ellos les falta... No… No dejen que nada ni nadie les borre gratuitamente esa sonrisa de su rostro.



Así que tenga usted cuidado la próxima vez que en mitad de una conversación comience a sentir un cosquilleo de malestar en el estómago o cierto grado de palpitación en la sien…



Relájese... Túmbese, aunque sea mentalmente, en la orilla de una playa edénica donde las olas le ayuden a limpiar toda es verborrea que intenta pegarse parásita en sus adentros...



Podría estar siendo la víctima de un auténtico ladrón de energía.



viernes, 11 de febrero de 2011

De mareas y dioses




"Grande y rica ciudad en tiempos pretéritos, ahora pobre, ahora pequeña, ahora abandonada, ahora un campo de ruinas"


Rufo Festo Avieno (Siglo IV d.C.)

Ora Maritima.


–Que no pisha, que no, que ese no es Poseidón, te lo digo yo...


Po yo te digo que sí, que yo entiendo de eso, cohone que parese mentira que no te fíe de tu compadre, con la de cosas que te he enseñao yo durante todos estos años.


–Si yo no digo que tú no sea un versao en diferentes materias, por no desí en casi toas las materias que se conosen, pero a lo que yo voy, lo que realmente te quiero hasé vé es que ese no es Poseidón… Ya pué tené to las coronas que quiera, que ese no es quien tú crees, que me los huelo de lejos.


–Pero si a ti no te quea ya ni nariz pa oler, qué vas a calarte tú…


–Un poco de respeto pisha, que aquí donde me ves, las mocitas se rendían de rodillas a mis pies en mis años mozos… Sí que es verdad que algo desmejorao sí que estoy, pero la culpa la tiene esta maldita humedad.


–Sí... tú ahora échale la culpa a la humedad y no a los años que tienes… Que tienes más años que el sol pisha.


–Po tú tiene por donde callar, que eres de mi quinta… Pero bueno, a lo que vamos, que ese de ahí ni se le acerca a Poseidón… Míralo, si parese un carajote con la sonrisa esa…


–Pero tiene la corona y las barbas…


–¿Y qué? ¿Cuándo te vas a dar por vencido de que nuestra época ya pasó?... Que ya no le hacemos falta a nadie cohone… Que la gente de hoy ya no piensa en dioses ni ná… Están tos empeñaos en querer tocar el Olimpo aquí en la tierra… Imagínate.


–¿Te acuerdas cuando estábamos en los altares de los templos?


–Joder Cronos, ya te vale, llevas cerca de tres mil años dándome la vara con tus historietas… En vez de tirarme a La Caleta tenían que haberme tirao al fondo del Océano, así no hubiera tenido que aguantarte tanto tiempo pisha… O ahí frente a la Punta el Boquerón, donde yo vivía, no aquí... Mira como la lista de Astarté se las apañó pa que la sacaran...


–Pero entonse no hubieras escuchao a los chavales cantar el flamenco ese que se lleva en este tiempo…Por cierto, ¿recuerdas cómo bailaban las puellae gaditane?


–Olvida esas épocas, ahora lo que se llevan son las chirigotas y las comparsas. Por cierto, para ser una estatua de piedra en el fondo del mar tienes mucha memoria.


–No te jode, pa eso soy Cronos, el dios del tiempo, ¿no? … No como tú, pisha, Herculito…


–No me llames Herculito por tu mare…


–¿Qué vas a hacer, pegarme?... Pero si no tenemos brazos.


–Tienes razón… Haber si un día de estos viene un buen temporal y las mareas me descoyuntan del todo… Daría lo que fuera por convertirme en arena de La Caleta de una vez...


–Pues mira, hablando de mareas… Las aguas se mueven y están trayendo a Poseidón hacia nosotros.


–Y dale… que ese no es Poseidón…


–Ahí viene, ahí viene… Bah… Una careta plástico… Debemos estar en Carnaval.


–Ya te lo he dicho Cronos, te lo he dicho miles de veces durante miles de años… Que ahí arriba, fuera del agua, las cosas tienen que haber cambiado mucho… Que ese esplendor y riqueza que conocimos ya quedaron atrás.


–No digas eso joder… Cádiz es la ciudad más importante de Occidente… Y lo seguirá siendo por mucho tiempo que pase.


–Ya... Suerte que te llamas Cronos y eres el dios del tiempo… Qué bonito si todo el mundo la recordara así…


domingo, 9 de enero de 2011

El reposo de Bernini



Jamás creí que esperaría eso de una piedra.

Que hablase, me refiero.

Me ocurrió en la Galería Borghese, en Roma, observando el Apolo y Dafne de Bernini, los dedos de la ninfa en plena metamorfosis hacia hojas de laurel que según los restauradores suenan como el cristal más fino, símbolo de emperadores y héroes, el rostro desencajado, estupefacto de Apolo al sentirse rechazado en el amor.

Un poco más adelante, sentí cierto escalofrío al observar a Eneas huyendo de Troya, llevando a lomos a su padre. Y la misma sensación de ingravidez bajo mis pies hizo acto de presencia. Esperaba que aquellos ojos en los que se resumía el horror de la guerra más mítica de la historia se girasen hacia mí y me susurrasen al oído secretos inmortales.

Plutón clavaba en otra sala sus dedos a Proserpina, hundiéndolos en la carne de sus piernas de mármol blanco como si aquel tejido estuviera sintiendo borbotones de sangre en su interior, las lágrimas brotando, el gesto lascivo del rey de los infiernos, la delicadeza detallista del autor barroco, el estremecimiento que tan sólo la contemplación de su obra produjo en mí tal como si en realidad estuviera observando a seres mitológicos que algún día respiraron y que hubiesen quedado atrapados en su eterno envoltorio de piedra tras observar los ojos de la Gorgona.

Mientras, David tensaba la honda mirando hacia Goliat, ajeno a los turistas que pasaban a su alrededor, como un atleta que se concentra entre el fragor del público, pendiente de su víctima, mordiéndose el labio en un gesto de esfuerzo, movimiento constante en sus miembros, boca abierta la mía y risa hacia mis adentros al percatarme de que esperaba el lanzamiento.

Y cómo no, más tarde ya, en Santa María de la Victoria, el orgasmo más famoso de la obra esculpida, el más alto grado de goce espiritual y, por qué no decirlo si todo el mundo lo piensa, también carnal, del Éxtasis de Santa Teresa, ante cuyos ojos entreabiertos me quedé sin las mismas palabras que se quedaron los observadores del siglo XVII… Imagínenselo.

Gian Lorenzo aparece por muchos rincones de Roma.

Y fue al observar el efecto visual de la columnata de la Plaza de San Pedro o la Fuente de los Cuatro Ríos cuando me dije que quería ver el tipo de sepulcro que semejante artista de letras mayúsculas se habría hecho construir para su reposo eterno, para albergar los restos de un mago que daba vida a la piedra, que hacía circular la sangre bajo la fría piel de mármol de sus esculturas.

Indagué…

Estaba en la Basílica Santa María la Mayor.

Y allí que fui, buscando grandes altares que albergaran engloriados aquellos restos, mirando con ojos abiertos qué vibrante grupo pétreo daría sepulcro al artista, seguro y creyente de que sería el mejor de sus proyectos… Quién sino iba disponer del mejor de sus trazos para toda la inmortalidad contemplada.

Y por más que busqué, mis ojos no hallaban prodigio alguno en el lugar que especificaba el libro guía que llevaba. Sin embargo, al acercarme, la ví.

Y mi cuerpo volvió a estremecerse.

Me quedé allí, sonriendo, observando el humilde escalón de apenas un metro con su nombre grabado en la escalerilla lateral de subida al altar, "La noble familia Bernini en este lugar, espera la Resurrección"… ¡Un simple escalón era su tumba!

Curiosa aquella sensación.

Y caminando luego a orillas del Tíber llegué a la conclusión de que aquel hombre me había impresionado tanto por sus casi parlantes mármoles como por la sencilla losa que utilizó como mausoleo para descansar por siempre en los brazos del tiempo.



martes, 14 de diciembre de 2010

Tanta luz, tanto amor...


“En un universo de ambigüedades este tipo de certidumbre llega una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir”


Los puentes de Madison County.

Robert James Waller



Es difícil verlas.

A esas personas, me refiero…


Sobre todo en estas fechas en las que el estrés está a flor de piel, los almacenes vomitan cantidades ingentes de personal abducido, movimiento contínuo de compras y preparativos, de juguetes exóticos y pedidos imposibles, precios y cuentas, compromisos, polvorones y pestiños… Palabras que van de boca en boca resonando villancicos entre mareadas impresiones de avalanchas consumistas…


Y entre toda esa jauría, esa selva en que parece convertirse el planeta, algo así como sálvese quien pueda, la cuenta atrás ya ha llegado… En mitad de ese jaleo orgiástico de pocas ganas de trabajar y mucha de anís, veinticinco de diciembre, fun, fun, fun, hay ciertas personas que conservan esa luz, ese áura, que te devuelve la esperanza, que te hace sentir bondad cuando comienzas a sentir desesperación, que te aparta al mar de la tranquilidad cuando el navío parece adentrarse en los dominios del Kraken de las Navidades Pasadas, de esa tempestad que se repite impositiva cada año.


Es difícil ver a ese tipo de personas.

Profesionales como la copa de un pino, tanto de su trabajo como del saber estar ante situaciones en las que cualquiera de nosotros se arrojaría por la borda. No importa las horas que lleven trabajando tras un mostrador, tras el ordenador o en cualquier otro lugar menos grato y más a la intemperie, que ellos te regalan la mejor de sus sonrisas, pero no de forma falsa, porque eso se nota, sino rebosante de luz, de vida. No importa lo imposible que sea tu petición, que estas personas de las que hablo lo intentarán llevando por bandera que la amabilidad es un don gratuito que pocos saber repartir.


Y cuando otros caen, ellos son los eslabones que sostienen con reaños la cadena, los que sacan las castañas del fuego a los de siempre, los que orientan las velas cuando el resto de la marinería se esconden aterrados ante las olas que escoran el barco.


Y te das cuenta y los reconoces cuando te miran a los ojos y ves la templanza y la bravura emanando en sutil armonía.


Es difícil ver a este tipo de personas con tanta luz y tanto amor en su interior.

Sin embargo existen, se lo puedo asegurar.

Y estoy tan seguro porque estoy casado con una de ellas.




jueves, 4 de noviembre de 2010

Ese puntito azul pálido


"La Tierra no es más que un pequeñísimo grano que forma parte de una vasta arena cósmica"


Carl Sagan.



Que no hace falta dar marcha atrás para recordar lo ocurrido en este planeta hace millones de años… No… Todo se intuye a la primera de cambio. Quizás en los principios, cuando estaba el magma dando por saco y salía a borbotones por los zaguanes de la recién creada tierra, sí se podía ver cómo estaban ensambladas las placas, esos pedruscos que no son más que piezas de un puzzle establecido en las profundidades y que de vez en cuando protesta, se estremece, se despereza… Ronronea como un gato gordo, quejándose de su picor y recordando su nacimiento…


Es curioso cómo tras un movimiento sísmico, un temporal o una leve variación de su temperatura corporal, algo que a la Tierra le pasa desapercibida, el vello se nos eriza y las lágrimas aparecen en nuestros ojos al pensar que los dioses están ahí, que siguen viviendo de forma latente en este guijarro ancestral que se sostiene en una cuerda de funambulista, sobre un cosmos enérgico que gira sin parar, que oscila en el negro e infinito universo como un vinilo en un desconocido gramófono destilando melodías que somos incapaces de oír.


Y vapuleadas por los vientos astrales, nuestras almas siguen su compás, siguen latiendo nuestros corazones al ritmo de este baile galáctico, y a veces ocurre que se aletarga ese enlace natural y vamos dejando de lado nuestra alerta, nuestra visión desde fuera tal como si fuéramos los ojos de un satélite que observa “ese puntito azul pálido” allá en el horizonte de otro planeta, desde un callejón de Neptuno, con la buena perspectiva de seis mil millones de kilómetros. Como decía Carl Sagan en su reflexión sobre el Voyager II, video que por cierto, les invito a ver y con el que uno se puede sentir algo más humilde al contemplar nuestro escenario desde el graderío.


Y todo lo divino que hay en nosotros se desmorona cuando intentamos buscar en un par de segundos de existencia que llevamos como especie una explicación a los cambios de clima o una ecuación que nos permita saber y predecir lo que sucederá como si aún anduviéramos por Delfos en busca del Oráculo de Apolo… ¿Qué ha cambiado entonces?


¡Ay!… Cuánta soberbia… Cuánta altanería en palabras de ciencia que a fin de cuentas son observadas por la naturaleza como la madre mira su niño que se cae una y otra vez…


Tener controlado el mundo es algo que siempre hemos querido… Buscar explicaciones… Controlar lo incontrolable, o al menos creérnoslo, nos hace sentir fuertes, aun a sabiendas que en este examen, siempre tendremos las de perder.


Es como jugar al escondite con alguien que sabes que acabará encontrándote.


Y cuando la tierra tiembla o el cielo se oscurece, aparece la mano del jugador, y el vello se pone de punta cuando te susurra al oído que te ha encontrado…



NOTA: (Pueden ver el video de Carl Sagan pinchando sobre el título de este artículo)




viernes, 8 de octubre de 2010

Desde nueve mil pies



“No eran mis fuerzas las que requerían cuidados,

era mi imaginación la que necesitaba alivio”


Joseph Conrad. “El corazón de las tinieblas”




Hay veces en las que el navío pasa por canales estrechos. Siento desde la borda cómo las ramas de los juncos acarician las tablas por el través, avisándome que hay tierra tan cercana que casi se puede decir que el barco fuera caminando… No siempre hay espacio suficiente para navegar a gusto…


Escribí estas líneas desde nueve mil pies de altura. Tras diez horas de vuelo a través del Atlántico, tocaba hacer escala para llegar, al fin, a nuestro destino. Otro avión… Solo que este era mucho más pequeño.


Había pasado ya la medianoche cuando comencé a sentir aquella sensación.

Por si no hubiera bastado con las interminables colas de facturación sembradas de retrasos inexplicables y sudores ajenos pululando con mirada extraviada a mi alrededor, justo a un par de asientos (si es que esas minúsculas latas de sardina merecen el calificativo) por delante mía, se extasiaban de su ego cinco jóvenes veinteañeras a las que les importaba un cirio la serenidad de las más de cien personas que compartíamos cansancio y sueño entre aquellos centímetros de lata voladora.


Fue una sensación extraña. Escalofrío, ganas reprimidas de inmolar creencias y apariencias y empezar desde cero. Deseos de abrir la ventanilla y gritar hacia lo alto, de descubrir al hombre que manipula nuestras conciencias tras la cortina mientras Dorothy sigue engañada y pedirle explicaciones por su castigo.


Me hubiera encantado disponer de una de esas trampillas que utilizan los malos de las películas para deshacerse de sus secuaces ineficaces. Sentado en un gran despacho con vistas, puro en mano, deslizaría mi dedo hacia el botón rojo oculto bajo la mesa activando el mecanismo que dejaría caer al vacío aquellos cinco asientos convertidos en verbena.


El avión dio con una turbulencia; miré por la ventanilla para ver si el ala seguía en su lugar, observando el destello que la iluminaba entera desde mi parcela de cincuenta por cincuenta centímetros. La típica broma del bache sonó desde atrás del supositorio estelar, entre tufos axilares y miradas de flagelados mientras las gozosas jóvenes seguían su estruendosa fiesta particular sin consideración alguna por los demás, tal y como lo harían en la salita de su sorda y prostíbula abuela.


Dejé caer la mirada hacia el manual de instrucciones de emergencias situado en el respaldo del asiento inmediatamente anterior al mío (prácticamente a un palmo de mi nariz), que mostraba a un señor avanzando a gatas en lo que parecía ser un pasillo central en llamas… Entonces pensé en lo ineficaz que era su diseñador, o que quizás éste viajara siempre en primera, ya que le faltó pintar las casi doscientas personas de resto de pasajeros que le estarían pisando cada hueso en aquel hipotético minuto incendiario, sobre todo si ese pasajero/a que gatea ha estado cantando en su asiento, jugando a las cartas con sus iguales y lanzando al aire bromas absurdas sin tener un mínimo de saber estar.


Miré de nuevo por la ventanilla y observé con alegría que la ciudad ya se divisaba en mitad de la oscuridad, nublándose, como nos nublamos nosotros mismos, entre la bruma del exterior en mitad de aquella jungla negra, mientras acababa las páginas del acertado libro que me acompañó durante aquel viaje: El corazón de las tinieblas.





miércoles, 1 de septiembre de 2010

La sonrisa de Audrey




"Hay que acordarse de lo bonito, ¿no?... Y cuando llega lo feo, más: lo bonito... Porque tú hazte una cuenta de la gente en el mundo que no habrá tenido ni tiene más que penas y contras y aburrimientos... Así que los que hayan sacado un disfrute de la vida poco o mucho, qué menos que se acuerden, carajo, qué menos, y que se den con un canto en el pecho..."


"Las mil noches de Hortensia Romero"


Fernando Quiñones.





En la plácida calidez de este verano navego a veces por ciertas rutas que tienen coordenadas mágicas. Unas latitudes que juegan con la memoria de libros, otras longitudes que traen a mi recuerdo ciertos pasajes de cine… De cualquier forma, este navío de caprichosos vaivenes corta siempre con su quilla rumbos que me hacen estar atento… Y anoche, mientras sujetaba suave el desgastado radio del timón, me fui de vacaciones a Roma.


Cuántos de nosotros hubiéramos querido que al final de Vacaciones en Roma Audrey Hepburn hubiera salido corriendo hacia Gregory Peck dejando de lado aquella aburrida vida de palacios y esquemas establecidos…


Cuántos de nosotros esperábamos verla aparecer con su sonrisa de sol besando a aquel periodista y subiendo a su moto, paseando por la ciudad, destilando vida y emociones sin tener una agenda a la que rendir cuentas…


Probablemente, ese sería el deseo que pidió en el muro de los deseos concedidos. Quedarse para siempre entre los brazos de aquel que hacía sus momentos tan imprevisibles como fascinantes, de aquel beso a orillas del Tíber, de aquellos golpes literales de guitarra a policías secretos en el baile de Sant Angelo, de escapadas en plena noche para oler el aroma de la vida, y de enigmas silenciados en piedras de la verdad…


Sin embargo, me paro a pensar cuántos de nosotros hubiéramos abandonado esa agenda de palacio por amor… Cuántos hubiéramos publicado aquellas fotos por cinco mil dólares...


Quizás todos deberíamos tener una piedra de la verdad ante nuestra conciencia, ante esos momentos en los que nos toca decidir, y que aquella maldita boca mordiera de verdad a los mentirosos, que las sensaciones fueran puras y los sentimientos algo de lo que enorgullecerse, que nada de lo que se nos pasara por la cabeza fuera nublado en cuanto a palabras de amor se tratara… Pero en tal caso no seríamos humanos. No erraríamos, y esa es una de las condiciones para construir nuestra entereza y nuestra rabia, nuestros esquemas y nuestra justa medida del mundo.


Aunque quizás, eso sea lo que encierra la sonrisa de Aubrey.

Esa la expresión inocente de mente despejada que comprende que no pueden existir tales exigencias sino en un momento efímero, sabedora su mirada de que aquella sensación de libertad era finita, contando el tictac asesino de horas de forma implacable. Una sonrisa como la que se siente cuando uno ha cruzado ya varias líneas de sombra y mira hacia delante echando cuentas de las que le quedarán por cruzar…


Sin embargo, aunque consciente de su regreso a palacio alejado de pasiones fugaces, de que su paseo por Roma se acabará en cualquier momento, no hay nada ni nadie en el mundo que le quite esas pequeñas grandes cosas… Ese helado, ese cigarro, esas miradas de complicidad, ese beso a orillas del Tíber ni esa cautivadora sonrisa.


Recuerdo aquella escena de Gregory Peck cuando acabó la rueda de prensa, esperando tenso y solitario, comprendiendo una vez más el delicado y frágil material del que están fabricados los mundanos sentimientos, un minuto eterno en el que cualquier universo, cualquier variable, era posible…


Una escena inevitable que comienza a rodarse cuando nacemos, y que, con un poco de suerte, sabremos encajarla en el rodaje de nuestras vidas con una sonrisa tan soleada y sabedora como la de Audrey.





lunes, 2 de agosto de 2010

La mujer de Yucatán


"¡Es preciso que parta y viva, o que me quede y muera!"


Romeo y Julieta. William Shakespeare



Cuando todo parece arrasado por el temporal, cuando parece que el mascarón quedará hundido en la última cabezada, cuando varía el viento y el navío se desvía haciéndonos creer que nos astillaremos junto a los corales… Es entonces cuando la mirada cambia, y sale a flote la proa, y utilizamos el viento a nuestro favor… Y la situación sigue entonces siendo la misma a bordo del navío… Incluso algo mejor, más fresca…


Ocurrió en México.

Cenaba una noche en un restaurante de la península de Yucatán cuando, entre tintineos de copas de vino y ceras derretidas de velas ambientales, la vi. Era una mujer joven, rubia de pelo corto, que miraba hacia la tenue luz de una llama oscilante con la cabeza algo ladeada, pensativa. Pasaba desapercibida entre la multitud, entre las decenas de mesas que amablemente atendían los oriundos camareros, afanados en servir la cena, poco acostumbrados quizás a asedios de la emoción entre sus comensales, o simplemente ajenos a la batalla que aquella mujer libraba a solas.


La mirada, nostálgica, hacia el asiento vacío al otro lado de su mesa, hacía presagiar que su acompañante no aparecería, que aquella vela romántica encendida en mitad de la mesa sólo alumbraría su rostro, sólo sería cómplice de su eterna espera, de su mirada que ya lo daba todo por perdido; como si no fuera en aquel momento cuando estaba siendo abandonada por el amor o por la suerte que la diosa Fortuna le negaba, sino que fuera un recuerdo el que acudía a su mente, una especie de aniversario de lo ocurrido. Y sin embargo allí estaba, en la cubierta de su propio navío intentando tomar nuevas demoras y seguir el rumbo en mitad del temporal de emociones que la envolvía.


Y fue entonces, cuando más negra se tornaba la mar y más oscilaba la tenue luz de la llama en su rostro, cuando pude observar que levantó el brazo llamando al camarero. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que iba a pedir la cuenta de la copa de vino que acariciaba con sus manos y a retirarse resignada al abandono por parte de su amante. Sin embargo, fue entonces cuando comprendí que aquella era una de esas personas que no se asustan del temporal ni de la ventisca, que salen a cubierta a capear los vendavales que se presenten dando la cara cuantas veces haga falta a los desafíos que la vida propone…


El camarero se acercó, y ella, con una extraña sonrisa que nacía desde el más profundo de los mares de sus ojos, de la más gallarda figura de mujer, del más insondable deseo de vivir, le pidió que le sirviera la cena.


Y mientras el camarero acudía a la cocina con la comanda, ella hizo oscilar su cabello rubio hacia atrás, el rostro despejado, con una sonrisa fresca, la cabeza alta, liberada de lastres, con ganas de seguir navegando, observando las mesas de su alrededor, sintiéndose segura en mitad de aquel mar de palabras cruzadas, de miradas ajenas y de vidas que danzaban en aquel restaurante, en aquella noche calurosa de la península de Yucatán.


Aún recuerdo aquella sonrisa de tranquila seguridad cuando el navío se escora más de lo normal o cuando el bauprés besa las olas con demasiada fuerza…


Y entonces alzo el rostro y dejo que el barco siga navegando…

Y suavemente, la proa se levanta y el navío sigue surcando mares…




viernes, 2 de julio de 2010

El mundo conocido



“¿Quién eres tú?”, preguntó la Oruga.

Alicia replicó algo intimidada:”Pues verá usted, señor, yo…, yo no estoy segura de quién soy, ahora, en este momento; pero al menos sí sé quién era esta mañana; lo que pasa es que me parece que he sufrido varios cambios desde entonces”


Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carroll.




Diviso la costa por el través de estribor, hacia donde se escora levemente el navío. Una costa que aún no conocía personalmente y cuyos altos acantilados se ven imponentes, alzándose majestuosos como sombreros de los océanos, como tierras ignotas que explorar…


Hace poco he leído un artículo. Uno en el que aparecía una expresión que me hizo reflexionar. Es sobre Alejandro III, más conocido como el Magno, quien salió de Pella, la capital de Macedonia en la primavera del año 334 a.C. con la intención de conquistar el “mundo conocido”… Estas son las palabras... Me paro a pensar.


El mundo que él conocía, pero no todo el que existía en realidad. Hace tantos años que esto sucedió que ya hemos olvidado por completo ciertos aspectos que nos caracterizaban y que nos siguen caracterizando, como el hecho de que el hombre sigue explorando costas con la convicción del Non Plus Ultra, de que ya no hay nada más allá, que todo lo que vemos es lo que hay por ver.


Imaginemos que viajamos a través del tiempo hasta aquella época y nos sentamos delante del gran Alejandro o de cualquier ciudadano contemporáneo. Ellos pensaban que ya no existían más realidades, y lo siguieron pensando durante cientos de años hasta que se descubrió que en el giratorio planeta en el que vivían había otros continentes… Otros mundos… Otra realidad. Y es que nos limitamos a ver lo que tenemos delante, pensando que nuestra posición se mide tan sólo en plano, por latitud y longitud, sin pararnos a mirar hacia arriba o hacia abajo… Hacia el cielo o hacia las profundidades máximas…


Observo la cabeceante proa y pienso si la verdad que me rodea, el esquema al que me agarro cada mañana cuando abro los ojos, es el único mundo conocido que voy a dominar, o si me quedan aún realidades por explorar, ya sean fuera o dentro de mí.


Si las ideas a las que me aferro hoy serán las mismas que mañana.


Si en algún momento, pueda brillar un destello de luz que haga desviar mi mirada al compás y el rumbo varíe, si va a surgir una escollera que me haga cambiar las demoras tomadas, si va a embriagarme algún dulce licor, playa dorada, páginas lúcidas, mar celeste o canto de sirena que me haga navegar por un universo antes no imaginado, ni tan siquiera sospechado.


Una realidad que me conduzca hacia nuevos mundos que conquistar y que me haga recordar que nunca pisamos terreno conocido, que jamás podremos estar seguros de conocer la realidad que nos rodea puesto que es un cosmos mutable, giratorio, y todo lo que lleva encima de su lomo se mueve, inevitablemente, a la misma velocidad…


Una realidad inestable como las mareas.

Volátil y efímera, como la espuma del mar…




miércoles, 2 de junio de 2010

La gaditana robada



"Estaba Cádiz de tal manera que era horror verla y lástima tan grande que no hubiera corazón que no se enterneciera viéndola tan desfigurada y tan otra de lo que era"


Historia del Saqueo de Cádiz por los ingleses en 1596, escrita por F. Pedro de Abreu




Hay veces que paso navegando suavecito por añejos puertos en los que aún parecen sonar ecos ya olvidados por viandantes de gregarias vidas. Presas de relojes y de tiempos almacenados en cuadrículas y calendarios de días tachados sin compasión, inconscientes de su irreversible extinción… Un tiempo que a veces se pliega y esconde en sus arrugas ciertos recuerdos… Un tiempo que se espesa…Que se vuelve a inventar él solo…Un tic-tac engañoso, enlucido de mil colores para hacer más llevadero el rumbo, para recordarlo y no acabar estrellado en los arrecifes…


Y viene a mi recuerdo aquella foto…

Y no para de oscilar sobre mis sienes el martillo de esa cordura perdida por el paso de libros, de almacenes polvorientos y de miradas profundas en personajes empañados por ortos y ocasos. En cientos de historias que se repiten una y mil veces como decía Tucídides o el propio Vico…Un círculo enigmático y sometido en infinitas ocasiones a presiones y frentes, estancado en una línea isobárica que no varía, un punto sureño acariciado por unos dioses y vapuleado al mismo tiempo por otros que jamás pudieron soportar la envidia hacia tal derroche de luz…


Aquella foto está sacada desde un rinconcito de Londres…

Se fue, tal como tantos se han ido de su tierra natal, de su hogar para buscarse un futuro, para dar de comer a bocas hambrientas o para ganarse la vida de cualquier manera honrada… Y de alguna forma veo el paisaje nublado y algo melancólico del Támesis y mis recuerdos viajan al sur… Mucho más al sur… A aquella tierra entre levante y poniente, entre dos mares que se besan, devastada una y otra vez por piratas, a aquel paso de grandes navegantes tan olvidados como sus gestas, a un viento perenne que henchía las velas de navíos que llegaban de sus campañas transoceánicas cargados de un maldito metal amarillo… De aquellas murallas hartas de soportar saqueos por los mismos mercenarios a los que sus reyes idolatraban…


Saqueos… Me quedo pensando en esta palabra…


Y mi mente y mi pensamiento de viajero del tiempo sonríe al pedir un café frente a la Galería Nacional, en Trafalgar Square, y observar que es una gaditana quien me lo sirve… Y me mira con alegría dándome dos besos. Y algo más tarde tomamos una cerveza que sueña con cazón mientras me relata lo poco que tardó en encontrar empleo y lo bien que le pagan por lo que hace… Y ambos sonreímos al mirar la altanera estatua de Nelson en mitad de la plaza… Lástima que no se recuerde de la misma forma a Blas de Lezo o a Álvaro de Bazán, y en cambio nos suene tanto el nombre de Drake…


Es entonces cuando la palabra “saqueos” vuelve a aparecer en mi mente… Y me doy cuenta de que sólo cambia el color de la historia. Y doy la razón a Tucídides y a Vico…La historia se repite, como un ciclo… Uno del cual algunos pueblos no pueden escapar. Y me tomo con ella otra cerveza en aquella lejana plaza londinense mientras canturreamos un tanguillo de Juan Carlos Aragón entre tácitas miradas de nostalgia y reconocimiento mutuo. El mismo tanguillo que canturreaba cuando saqué aquella foto desde su casa a orillas del Támesis a la mañana siguiente, antes de dirigirme hacia el aeropuerto.


Y mientras sobrevolaba aquella ciudad de horizontes inabarcables, la palabra “saqueos” volvía a martillearme las sienes cuando miré hacia mi lado en el avión y observé un asiento vacío que bajaba latitud en dirección al sur…


Y deseé suerte a aquella gaditana robada, obligada a partir.


Y pensé que, acabado el metal maldito, quizás a la piratería le sedujo más saquear las perlas que relucen en los ojos de cada andaluza, un poco de luz en cada gesto de sus milenarias miradas, de salada claridad, de eterno arte en cada uno de sus movimientos…


Y mientras dejaba atrás aquella ciudad un leve escalofrío me recorrió la espalda al pensar que ahora en Cádiz ya no se saquea el oro…


Ahora se saquean gaditanos.


Para Rubén y Susana.